Adicción Flamenca en Madrid I


Sublimes los dos sumandos primeros en esta edición titulada con un sencillo “Flamencas”. La imagen de Carmen Amaya bailando en pantalones es el mascarón de proa en el cartel. En el arranque del ciclo de espectáculos de la Sala Verde de los Teatros del Canal, la primera jornada con Israel Galván y segunda gala con Patricia Guerrero arrancaron de gloria esta Suma Flamenca 2026. Afortunado siempre el talento programador del director Antonio Benamargo.

 

SALA VERDE

 

Israel Galván

En el espectáculo “El Dorado” hace Israel Galván un gozoso homenaje a su madre y bailaora Eugenia de los Reyes. Lleva el hipnótico bailaor sevillano una flor negra en el pelo, una levita de frac, un delantal de cuero, botas de bailar, rodillas al aire y calcetines ejecutivo. Una vez encajado Israel visualmente, la música de  “El Dorado” atesora el acompañamiento  minimalista y barroco de Los Mellis de Huelva, que para la ocasión también cantan. Me dejó todo esto “espeluznao” de placer.

 

La imaginación y la complejidad forman tándem en el baile de Israel Galván. Y saltan chispas con el  sentido del humor que salpica en todos sus espectáculos. En “El Dorado” sonaron canciones muy reconocibles: palmas y voces de los Mellis, reconcentradas y febriles, apropiandose de la rumba “La casa en el aire”, el bolero “Toda una vida” y el cierre con la fantasía lorquiana “La leyenda del tiempo”. El centro de gravedad de todo el espectáculo lo ocupa una versión épica del “Bolero” de Ravel: Israel subido en una peana y los Mellis acuclillados y haciendo compás en esa caja de madera con los nudillos. Los tacones del bailaor hacen su magia mientras el cuerpo de Israel evoluciona loco en el crescendo de la música. Un retablo donde la sensualidad hace sus oficios religiosamente.

 

Entre las ingeniosidades de esta suite minimalista cabe detenerse en dos “forgendros” mecánicos: sale Israel caminando sobre dos pedales de percutir el bombo de la batería y, calzado con esas máquinas más imposibles que los zapatos de Celia Cruz, el baile de Israel queda galvanizado por la ciencia patafísica. No se puede estar más arriba de la creación artística que Israel Galván, donde hasta el silencio baila y te entra por los ojos.

 

 

Patricia Guerrero



Turno de la Bien Plantá. Todos los vestidos de la granadina Patricia Guerrero fueron bellísimos en este espectáculo “Proceso eterno”, que convierte en santa doctrina el arte de reinventar a cada instante. El modo visión/diosa lo asumió Patricia dominando la escena nada más aparecer. Sentada de espaldas al público: pantalón blanco hueso, chaquetilla corta oscura y el pelo recogido en sí mismo. Fijada esa estampa de hedonismo visual con  inhalar espiritual, el baile emerge trágico en la camaronera bulería por soleá:

 

“Por dios, llamadme a un doctor

Que me aliviara las fatigas

De mi corazón”

 

Patricia Guerrero está protagonizando un subidón incontestable entre las primeras figuras del baile flamenco. Baila de maravilla, original y con suspense, desplegando un atractivo que genera “posesión” en el espectador. Y a esa excelsa impronta personal hay que añadir la atinada construcción de esa fortaleza musical acompañante y sustentante: el toque detallista y vertiginoso de Dani de Morón, el cante a flor de herida de Sergio “el Colorao” y esas percusiones de Agustín Diassera, que son un alambique de sutileza y complejidad certera. Esos cuatro artistas son un todo orgánico en todo momento.

 

La silla tiene su importancia. Aparece Patricia vestida de rojo fulgor y se acomoda para escuchar sentada los tientos de Sergio. Es el preludio de la sensualidad del baile derramándose por tangos. Creo recordar que fue aquí cuando Patricia se enfundó una sobre falda estampada de flores que ya me gustaría a mí llevármela para una de mis vidas paralelas. A capela sonó el cante por alegrías: la voz y el baile ronean con el cuerpo de Patricia surfeando la ola grácil y sensual.  Ese visible buen querer.

 

Cantando por malagueñas estuvo de inspiración y locura Sergio “el Colorao”. Quitó la guarda a la página del dramatismo y vino Patricia con una bata de cola preciosa, que me deja pasmado. Bailó divinamente por soleá. Todo es pictórico en grado sumo: calidez y calidad son los tonos del espectáculo. Loco el público y loco yo, el patio de butacas de la Sala Verde ardía de emoción. Patricia Guerrero giró la espita de la simpatía y se despide rubricando su poderío por bulerías. Patricia, Patricia, Patricia…

 

 

Andrés Marín

 


 

Las dos noches siguientes me dejaron algo perplejo. Andrés Marín, que es un bailaor soberbio, apuesta por introducir un trasunto de modernidad en el baile, que queda expuesto junto con cante flamenco  clásico. El aparataje de esa modernidad pizpireta me distrae. El recurso de utilizar una cámara de video que graba a Andrés en directo, a mí parecer, podría utilizarse con más acierto en los predios del flamenco. Me viene a la cabeza el sensacional uso del video que en el teatro hace la Agrupación Señor Serrano.

 

Me gusta el desparpajo de Andrés Marín y su excelente forma física en el baile de pies, pero este espectáculo -“Desierto” se llama- me pareció poco pulido. Salió a escena con un rapto de posesión tecno ante la imperturbable mirada del cantaor José de la Tomasa. Los recursos a lo moderno me dejaron frío y dubitativo. La dentadura protésica que baila y el salvavidas rojo para flotar tienen impacto visual, pero el baile de Andrés Marín puede volar más alto.

 

 


Adela Campallo

 


 

“Ausente” se llama el espectáculo de Adela Campallo. A veces trémula y como asustada, Adela baila muy bien dentro de un juego teatral que me cuesta comprender. La guitarra fraternal de Tomás Campallo y los cantaores Pepe de Pura, Jesús Corbacho y Sebastián Sánchez forman el cuadro que acompaña a Adela. Estos artistas también ofician de entes masculinos con una insistente manía mansplaining: decirle a Adela el estilo que tiene que bailar, llevándola de un sitio para otro de las tablas. Se repite mucho este recurso escénico con resultado de descoloque. Tanto insistir en que la mujer baile esto o lo otro, pero va y sucede algo desacostumbrado: Adela se quita el vestido y se queda bailando con un conjunto de faja y ropa interior reglamentaria. Me queda un fragor de masculinidades zombies evolucionando en la fiesta final de Adela Campallo bailando por bulerías. El duende masculinizante a mí me deja como ausente.

 

Karime Amaya

 


 

Estando la mítica Carmen Amaya en el cartel emblema  de esta Suma Flamenca, la elección de su sobrina nieta Karime Amaya parece coherente. Vino acompañada al cante por Miguel de la Tolea y Juan Manzano, con la guitarra de Pino Losada y la percusión de El Mosquito. El ascendiente artístico familiar de Karime tiene también un pilar importante en su abuela Leonor, que ya figuraba de cantaora precoz en las giras americanas de su hermana Carmen. El abolengo tiene su aquel en flamenco.

 

El espectáculo de Karime empezó por alegrías y de inmediato le vino recordar el espejo de su abuela Leonor. El ambiente se puso grave interpretando la taranta:

 

“Ay, a mi Gabriela,
ay, corre, tú, abre y dile a mi Gabriela,
ay que, que voy a las Herrerías;
que duerma y no tenga pena,
ay, que vuelvo mañana de día,
que voy a fabricar canela”.

 

Karime hace un baile de fuerza y temperamento, muy en la raíz entre clásica y popular del género. Por canastera sonó esa letra camaronera dando fe de que en algunas tesituras no hay manera de contentar a todo el mundo:

 

“Y me gustan las mujeres,
me critican porque bebo
y me gustan las mujeres,
lo mismo que te critican
si no te gustan y bebes”.

 

Todo lo bailó Karime con encastada dignidad. Los textos eran de inspiraciones varias. De Federico García Lorca, tuneados musicalmente por Enrique Morente, aparecieron los desesperos de “Madrugada”:

 

“Los saeteros están ciegos,
Pero como el amor,
Están ciegos los saeteros”.

 

Hubo explosión en la fiesta por bulerías. UN final solemne con  la sentencia.

 

“Dios te había dao sabiduría,
Que una palabrita tuya
Vale por doscientas mías”.

 

Argentina

 


 

El ciclo en la Sala Verde contó con la cantaora Argentina, que salió a escena con un martinete a la manera de Antonio Mairena. Y como los maestros están ahí para usarlos, a renglón seguido la cantaora onubense se metió en la zambra “Morita, mora” de Manolo Caracol:

 

“Ni un solo momento
Florezca en tu boca
El mal pensamiento
Que te vuelve loca
Que muchas mujeres
Consiguen riquezas
Y luego se mueren
Y nadie les reza”.

 

La razón de enfundarse en la piel de los maestros históricos del cante flamenco viene dada por el concepto de este espectáculo “Madrid, Crisol Flamenco”, estrenado en esta velada.  En esta ciudad encontraron acomodo y aquí hicieron sus carreras y desarrollaron su estilo históricas figuras del género. Argentina hace esos cantes a su manera, con fundamento, convicción y entrega.

 

Acompañan en esta experiencia el guitarrista José Quevedo “Bolita” y en el compás y la percusión está Roberto Jaén, Jorge Bautista y José Carrasco. Una curiosidad: Argentina alivia la sed entre cante y cante bebiendo de una copa en formato cáliz de plata. Me pareció un detalle de buen gusto desterrar el agua en botella de plástico.

 

Rinde su homenaje Argentina a los artistas flamencos de mitad del siglo XX: Niña de los Peines, Tomás Pavón, Marchena, Vallejo… Escuchamos una especie de grandes éxitos flamencos bien recosidos, donde se agolpan las referencias a la era de oro de los tablaos madrileños. Me gustó mucho que un punto álgido de la noche   fuera la catártica caña del solemne y elegantísimo maestro Rafael Romero “El Gallina”, que vivía muy cerca de mi casa y por las mañanas yo le veía -de leyenda- tomando el sol y un café en la glorieta de Cuatro Caminos.  Rafael hace mucho que dejó nuestro barrio. Pero su caña permanece intacta:

 

“Cuando yo canto la caña
el alma pongo en el cante,
porque me acuerdo de ella
y creo que la tengo delante”.

 

Para los fandangos de su tierra, Argentina eligió el espejo enciclopédico de Enrique Morente. Y por bulerías hizo ”Madrid”,  totémico chotis de Agustin Lara. Y en el cierre colocó el espejismo de  su admirada Rocío Jurado

 

“Qué no daría yo por escaparme
A un cine de verano y una tarde
Y me dieran el primer beso de amor
Qué no daría yo por sentarme
Junto a él en ese parque
Viendo cómo se ponía el sol”

 


SALA NEGRA

 

Chano Domínguez

 


 

Los conciertos de la Sala Negra vienen siendo una suerte de cita con el arte y ensayo. Traen propuestas muy creativas, sorprendentes, tonificantes... En este  concepto  de flamenco de cámara abrió fuego con rotunda elegancia  Chano Domínguez, a solas con su piano de cola. Fue una abducción a la gran música de un pianista con alambique mágico en su interior. El repertorio generó un destilado de lujo: Thelonious Monk, Eric Satie, Albéniz, Falla, Chick Corea, Paco de Lucía…  

 

Abriendo el juego pianístico sonaron unas pletóricas alegrías de Cádiz. El piano de Chano se adentra en aguas personalísimas, donde la digresión es un hermoso animal de compañía. El piano genera un diálogo amistoso con tantas esquinas que a veces parece un callejero. El flujo de la conciencia enlazó con Albéniz y su ibérica composición “El puerto”,  que sonó con un lirismo refinado y  entreverado de jazz. Lo mismo ocurrió al poner las manos en “El fuego fatuo” de Manuel de Falla. Música española que era modernísima en su momento y que ahora, transcurrido un siglo desde su composición, lo sigue siendo.

 

La música de Chano Domínguez es expansiva con campamento base el flamenco. Un arrobamiento elástico en el tiempo. Los límites de una composición siempre ensanchando, bien sea en la concisión cerebral de Chick Corea en “Children Song”, en  la melancolía recurrente de “Canción de amor” (Joan Albert Amargós y Paco de Lucía) o con la refinada sensualidad de la colombiana “Alma de mujer”. 

Música enormísima que hace resonar un suspense de silencios en las composiciones de Monk con el suspense minimalista de Eric Satie. Y asomando por las esquinas de esa tensión, surge la tormenta barroca y procaz del stride piano de Harlem. Cuando llega “La Tarara”, en un parpadear de ojos, pasamos de los aires de celebración popular andaluza al gran malecón del cubaneo. De Chano Domínguez me gusta todo, pero lo que más disfruto es este fluir de la conciencia a solas con su piano. Solo Chano y sus inmensidades.

 

Juanfe Pérez 

 

 

Artista de una pieza, bienhumorado, cercano, moderno hasta el tuétano… En las manos de Juanfe Pérez se levanta una ciclogénesis explosiva.  Acompaña a los cantaores con su bajo eléctrico con tanto mimo cuidadoso como fuerza tectónica desatada. El flamenco entra en funcionamiento con el paroxismo de un generador de partículas. En algún momento del concierto dijo: “No podemos escapar de uno mismo”.

 

“Eléctrica jondura” se llama el super atómico disco que estrenaba. Y  para evento tan cósmico, dentro de la Sala Negra, le acompañaron a todo lustre el teclista y pianista David Sancho y los cantes de Gema Caballero y José Luis  Hernández con las percusiones de Kike Terrón. Todos se entregaron al frenesí amistoso y vanguardista de este Juanfe con sombrero de Breaking Heisenberg. Si les gustó “Omega”, les gustará “Eléctrica jondura”. No exagero.

 

El fondo del escenario lo ocupaba una pantalla donde se proyectaban imágenes en bucle y añejo blanco y negro. Esta ambientación tenía  un sentido mellizo a  lo que hicieron Fripp y Eno en su obra “No Pussyfooting” (1972). Pero la guasa de Juanfe tiene una poética personal y mostró un burrito levantando la patita a compás y cargado en el lomo con todo el equipo de sonido. Sonaron seguiriyas, vidalita, tangos, fandangos de Huelva, zamba argentina… Me gusto todo a rabiar. De las letras me tocó especialmente este cante por mariana:

“Cuando no queda nada.

 La nieve cae sobre el pensamiento.

Cuando ya nada me asusta…”

 

Ofreció Juanfe cumplidas  explicaciones de cada tema, pero igualmente oportuno hubiera sido hacer todo el concierto con la música sonando de corrido. Tantísima imaginación y tan buena vibra quizá fueran de mayor catarsis escuchadas sin subtítulos. Cerró el concierto una composición con el trance del género chaabi marroquí: “Ahatma”. El ritmo invadiéndolo todo y el pianista David Sancho improvisando a toda potencia, con incisiva genialidad. La música no tiene fronteras y necesita exploradores con este sabio desenfreno de  Juanfe Pérez. Le tengo en mi particular santoral cartográfico.

 

Alicia Morales

 


 

Dedicó Alicia Morales su espectáculo a la figura seminal  de Antonio Pozo “El Mochuelo”, cantaor sevillano que fue el primer flamenco  en registrar sus cantes en cilindros de cera allá por 1899 y luego seguiría grabando numerosos cantes en discos de pizarra. Subida en una escalera, como si estuviera en la proa del Titanic, Alicia lanzó el quejío  por peteneras:

“Me acuerdo de ti más veces
que hojitas tiene un manzano,
que peras tiene un peral,
que avellanas un avellano”.

Alicia es una cantaora de arrebato, con enorme control técnico, con fuerza natural. Y para materializar esa plenitud de facultades enlazó con la saeta bíblica:

“En el patio de Caifás
entró Pedro y dijo así:
yo no conozco a ese hombre
ni su discípulo fui”. 

Y viniendo de esas solemnidades, Alicia le entró a los cariños caribeños y  las guajiras. Hizo un repertorio de flamenco clásico, que queda recogido en el disco “Honores a Antonio Pozo «El Mochuelo”, grabación que todavía no hevtenido la suerte de escuchar. Los estilos elegidos, además de los ya citados, son cantes de Levante, sevillanas, soleá, seguiriya, tientos, tangos… Un abanico muy completo con la guitarra de José Quevedo “Bolita” potente, virtuosa y templada.

El sonido jugó una mala pasada a la función, pero Bolita salió al quite del apuro y el arte de su guitarra relajó los ánimos. Dominó  el tiempo de espera con música de guitarra exquisita. La técnica volvió a la razón y se recompusieron los sentimientos. A mi modesto entender, hubo otra injerencia extemporánea en esta propuesta, pero en este caso premeditada. De manera intermitente se incluyeron fragmentos de un documental con entrevista a Alicia Morales. Un interruptus que rompía la lógica musical y la tensión emocional  del espectáculo. Todo lo remontó Alicia con una serenidad y un temperamento de quitarse el sombrero.

En el broche final Alicia Morales  se arrebató por bulerías en memoria del legendario Antonio  “El Mochuelo”. Y yo me alegré más todavía recordando al   mítico  Bernardo. 

"Anoche soñaba yo
que los lobitos me comían..."



 

 

 

 

Comentarios

  1. El duende masculizante del pantalón de las chicas me pone. Pero un vestido es superior. Y los chicos en pantaloncillos. Muy moderno.

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