Noticia y emociones del III Festival de la Guitarra Flamenca. “A Niño Ricardo”

 

 

 


1 Introito (un poco largo)

 

Parecía una buena idea: poner a la sonanta en primer plano, dejarla hacer como reina del espectáculo.  Hemos tenido que esperar décadas para que la guitarra flamenca ocupe en Madrid el lugar protagonista que merece. Gracias al “Festival de la guitarra”, propiciado por su director Antonio Benamargo, la sonanta flamenca da un amistoso paso al frente y habla en su propio nombre llevando la “voz sonante”.  

 

La propuesta ya está asentada en Madrid. Su espacio: los Teatros del Canal. Guitarristas  estelares en esta tercera temporada dedicada a Niño Ricardo, como son  Francisco Vinuesa, Manolo Franco, Juan Gómez “Chicuelo” y José Antonio Rodríguez. Tras sus intervenciones solistas, los tocaores tenían un segundo turno acompañando el cante de primera magnitud de Carmen Linares, Mayte Martín, Ángeles Toledano e Ismael de la Rosa. Y  el tercer turno nos trajo  el mismo ansia de  excelencia y  entendimiento con el baile:  Alfonso Losa, Javier Barón, Juan Tomás de la Molía y Marco Flores.  Todo el papel vendido para todos los espectáculos con días de antelación.

 

La guitarra flamenca va del cénit al nadir de los sentimientos humanos. El dolor y júbilo son los extremos, ambos absolutamente indispensables.  El júbilo nos “enlorquece” tanto como el dolor. Es curioso que los poemas de García Lorca ensalcen  esencialmente la guitarra desde el sentimiento trágico de la vida:

 

“La guitarra,
hace llorar a los sueños.
El sollozo de las almas
perdidas,
se escapa por su boca
redonda.
Y como la tarántula
teje una gran estrella
para cazar suspiros,
que flotan en su negro
aljibe de madera.”

“Las seis cuerdas” (1921). Federico García Lorca.

 

Los artistas flamencos aceptan el juego: espectáculos creados ex profeso para este festival. La guitarra y la creatividad de los tocaores tiene que expresarse en los tres ámbitos naturales del flamenco: toque de concierto, toque de acompañamiento para el cante y toque para el baile. A veces, la vida es tan amable que no se olvida de lo bien hecho, de las cosas bien pensadas y trabajadas. Y ese anhelo de amabilidad ha obtenido el respaldo del respetable.

 

A Niño Ricardo

 

En esta tercera edición el tributo lo recibe una figura legendaria: Niño Ricardo. Nacido en Sevilla en 1904, Manuel Serrapí Sánchez falleció en 1972. Niño Ricardo fue introducido en los secretos del toque flamenco por su padre, que era guitarrista aficionado, y por el tocaor Antonio Moreno. Las puertas de la gloria empezaron a abrirse cuando Niño Ricardo es contratado por el maestro de la guitarra Javier Molina para actuar en el sevillano Café Novedades. Y en esos primeros años veinte del siglo pasado, la mítica Niña de los Peines y su hermano Tomás Pavón le reclaman para salir  de gira y realizar sus primeras grabaciones discográficas.   Manuel Serrapí utilizó brevemente al principio de su carrera  el pseudónimo  Manolo “El Carbonero.

 

Niño Ricardo acompañó y grabó con una pléyade de grandes artistas  flamencos: desde los ya mencionados Niña de los Peines y Tomás Pavón a El Gloria, José Cepero, Pepe Marchena, Bernardo de los Lobitos, El Sevillano, Antonio Mairena, Canalejas de Puerto Real, Manolo Caracol y un larguísimo etcétera de artistas durante décadas, que llega en los años 60 hasta Chocolate, Lebrijano y Enrique Morente. Ejecutante con un nuevo sonido y feraz compositor, Niño Ricardo es parte sustancial durante años en las compañías de Juanito Valderrama y Antonio Molina. Recordaba Valderrama que junto a Niño Ricardo, que fue un compositor prolífico,  crearon  docenas de temas juntos, siendo el más célebre “El Emigrante”.

 

La obra y la figura de Niño Ricardo llegaron más allá de nuestras fronteras en 1955, cuando el prestigioso sello discográfico francés “Le Chant du Monde”  grabó su música solista en el disco “Guitare Flamenco, Niño Ricardo”. Quiero recordar que este mítico sello grabó muchísima música clásica de primerísima calidad y también fue la catapulta discográfica en Europa de  la argentina María Elena Walsh; del cantautor francés Leo Ferré, que amaba a los anarquistas españoles; del free jazz de la cantautora parisina Colette Magny, de la eminencia del folklore  argentino de autor y la protesta Atahualpa Yupanqui; del faro social Woody Guthrie, del trovador Paco Ibáñez;  y del jazz entreverado con la canción italiana de Paolo Conte. La guitarra de Niño Ricardo es un pilar básico en la historia del flamenco. En “Le Chant du Monde”  se encontró en igualdad de rango con otros altos dignatarios de las músicas del mundo.

 

 

2 Vamos al turrón

 

Chicuelo, Mayte Martín y Juan Tomás de la Molía

 


 

 

Enorme  la altura de este III Festival de la Guitarra. La noche con Chicuelo y Mayte Martín fue de una grandeza muy especial, la voy a tener bien guardada en la memoria. Chicuelo contó que llevaban casi treinta años sin volver a coincidir encima de un escenario después de que iniciaron sus carreras tocando juntos por nueve años. En los dos se notaba la emoción. Y los nervios. Con ese plus de sentimiento, los dos artistas se entregaron a fondo. Mayte Martín siempre es excelente, pero en este concierto tocó los cielos con una naturalidad y una desnudez conmovedoras.  Las lágrimas se desplomaban de sus ojos y una sonrisa inundaba su cara mientras decidía en que traste del mástil tenía Chicuelo que poner la cejilla.

 

El arranque con el garrotín fue a saco y  jubiloso:

 

"Si el Rey de España perdiera
el peñón de Gibraltar,
que tú te pierdas conmigo
eso a ti qué más te da."

 

Vaciándose por completo por malagueñas, Mayte Martín sacó una fuerza increíble para cantar el desconsuelo. La guitarra de Chicuelo la llevaba en brazos con un cuidado amoroso. Mayte elige las letras con un gusto primoroso. Letras clásicas con una potencia lírica depuradísima. Sin miedo a despeñarse llegó la seguiriya trianera y celestial de Tomás Pavón:

 

“Reniego yo
reniego de mi sino
como reniego, madre, hasta en la horita
en que te he conocido.”

 

Y Mayte enlazó con la seguiriya clásica de Manuel Torre:

 

“Si algún día yo a ti te llamará
y tu no vinieras
la muerte amarga, compañerita mía,
yo la apeteciera”

 

Entre Chicuelo y Mayte Martín hubo un resonar artístico a prueba de bomba. No recuerdo cuál de los dos dijo: “Tenemos que  celebrar lo malo”. El triunfo del entendimiento. Tremendo carácter y tremenda guasa hay que tener para asumir ese planteamiento con tanto desparpajo. La cejilla iba venga para arriba y venga para abajo.  “A ver si acabas de afinar”, espoleaba la una. Y el otro le respondía: “Pues no me cambies la cejilla”.   Fue de las veces que más feliz he visto cantar a Mayte. Alcanzada la plenitud llegaron las alegrías.

 

 Me gusta reñir contigo
porque luego hago las paces”.

 

No recuerdo haber escuchado en tantísimos años de disfrutar a Mayte Martín cantando largamente para el baile. Esta noche se tiró a la piscina con los cinco sentidos puestos en esta disciplina  específica. El gaditano Juan Tomás de la Molía salió con antifaz de terciopelo. Joven y fuerte, con  gracia dominancia, bailó cantando sin palabras con los tacones. La  velada se había iniciado con la guitarra solista Chicuelo repleta de gozo e intensidad por granaína, alegrías, bulerías y una soleá que hizo su juego de espejos con las formas del Niño Ricardo. Todos fantásticos, pero Mayte Martín se desfondó con una intensidad al natural que a mí me resultó sobrenatural. Gloria luminosa.

 

José Antonio Rodríguez, Carmen Linares y Marco Flores

 

 


 

Era muy jovencito José Antonio Rodríguez cuando su guitarra flamenca se fraguó a fondo en el acompañamiento al cante y el baile. Hoy esa guitarra es un baluarte de la modernidad en la faceta de concierto. La sonanta de Jose Antonio forma un trío espectacular con  el bajista de origen italiano Sergio di Finizio y el máquina de la percusión Patricio Cámara. Música de una calidad apabullante y con una pegada cosmopolita que, brillando al máximo  en el flamenco, sin alterar una nota, podría arrebatar igualmente en un festival de jazz.

 

La primera parte del trío de José Antonio demostró que tiene un virtuoso sentido del espectáculo, que está firmemente asentado y funciona con un pulso arrollador lo mismo en los estilos rítmicos que en esa granaína que dedicó a Enrique Morente. Pura ambrosía. Con una discografía solista muy meritoria y con técnica y bagaje propios, centrada en lo flamenco, la guitarra de José Antonio Rodríguez tiene un punto en escena que va en paralelo con, por ejemplo, el aliento universal John McLaughlin.

 

Cuando salió la matriarca Carmen Linares estaba el ambiente a punto de caramelo.  Con el andamio flotante de José Antonio y su potencia eléctrica, Carmen estuvo en sí misma. Su voz cada vez más telúrica   asume el conocimiento del flamenco y su historia para exponer siempre una verdad íntima y personal. Esas letras maravillosas que canta las vive en el escenario hasta sus últimas consecuencias. Te deshaces escuchándola cantar con taranta:

 

“Agua fina por salobre
cambiaste el sol por la luna
el mar por una laguna
y el oro fino por cobre
media naranja por una”

 

Tiene  Carmen un radical  sentido de lo que es el compromiso artístico. Su centro emerge del cante y ahí caemos en su fuerza gravitatoria. En la soleá te quedas suspendido de la liana de la vida:

 

“Anoche en mi ventanita
llorando me dio la una
y no quisiste venir
corazón de piedra dura.”

 

La tracción festera trasmite un disfrute que te quita años. Te da un deleite que ya quisiera Zeus algunas noches para sí. Por bulerías fue completo el  rapto:

 

“Si pasas por el molino
Ay, tú le dices a la molinera
Que la espero en el camino
Que quiero yo hablar con ella
Que la espero en el camino
Que quiero yo hablar con ella.”

 

El bailaor Marco Flores (Arcos de la Frontera, 1981) salió  jacarandoso, con sombrero garboso y camisa de lunares. Esa fuerza y ese donaire, sustentados por el grupo de José Antonio y el cante de Carmen, cortaron el aire que respiramos con júbilo contagioso. Una noche de flamenco desbordado  los vasos comunicantes.

 

Francisco Vinuesa, Ismael de la Rosa y Rafael Losa

 


Empecé  el tramo final de este vigoroso festival y ahora voy con lo que fueron sus comienzos dos noches atrás. El malagueño Francisco Vinuesa arrancó con una enduendada suite dedicada al Niño Ricardo y la coronó con la histórica melancolía de “El emigrante”, añeja y celebérrima composición de Juanito Valderrama y el homenajeado maestro Manuel Serrapí, Niño Ricardo. Según contaba Valderrama, esta pieza estuvo inspirada por los  republicanos  que conoció  exiliados en el norte de África, actuando para ellos tras el triunfo del fascismo en España. Originalmente se llamaba "El exiliado", pero... Las cosas del franquismo y el miedo que daba. Algún día contaremos esta historia con más detalle.

 

La guitarra de Vinuesa es un destilado de intensidad. Tiene una personalidad hipnótica en cada nota y te captura con un magnetismo elegante, apasionado y profundo, de una intensidad cautivadora. A los cantes de Levante marcheneros llegó esa guitarra  diamantina cuando salió  Ismael de la Rosa al cante:

 

“Dime el hombre por qué muere
y el sol se da en alumbrar,
los astros por qué se mueven
y el mundo en qué ha de quedar.”

 

Flamenco sobrio y bellísimo en todos los estilos. Desde las bulerías del “no te rías de mí y cómprate una entrada para el circo si te quieres divertir” hasta   Todo es de color” y las alegrías de clase humilde:

 

“La hija de la Paula
no es de mi rango
ella tiene un cortijo
y yo voy descalzo”

 

El baile de Alfonso Losa, muy serio,  tiene una majestad especial. Firme pilar de la escuela madrileña, Losa tiene esa solemnidad clásica de los grandes maestros. Del desplante hierático al vértigo del compás.  Una elegancia fulgurante domina su baile. Y creo que fue en ese trance de la danza  cuando escuché una letra de amores inquebrantables, así se hundan los cielos y se sequen los mares. Una noche de flamenco conciso e imperioso, de hercúleos poderes.

 

Manolo Franco, Ángeles Toledano y Javier Barón

 


 

El sevillano Manolo Franco tiene una sólida biografía tanto acompañando al cante y el baile como en la guitarra de concierto. Su sonanta es un tesoro que he disfrutado durante décadas acompañando a la crema de cantaoras y cantaores. En 1984 -con 24 flamantes años- recibió Manolo el Primer Giraldillo del Toque. Le fue otorgado por  la Bienal Flamenca de Sevilla. Su disco “Aljibe”, de 1986, dejó una huella perdurable. De la farruca a los estilos de influencia hispanoamericana, o echando el ancla en las profundidades de los estilos más jondos, Manolo Franco es un manantial locuaz, refinado, lírico... Tengo intacto  mi afecto para este tocaor con tanto recorrido y tan limpia flamencura. Esta noche se le notaba nervioso, quizá  la responsabilidad o porque la docencia le resta horas al entrenamiento específico del concertismo.

 

Cuando salió la jienense Ángeles Toledano, la guitarra de Manolo encontró su ámbito más cómodo. Desaparecieron las nerviosidades y  sonó una delicia con la añeja media granaína:

 

“Rosa, si yo no te cogí,
fue porque no me dio  gana;
al pie de un rosal dormí,
y rosas tuve por cama;
de cabecera un jazmín.”

 

Las  variantes de fandango llegaron a Huelva con noticias del contrabando. Creo que la copla decía:

 

“En Portugal me prendieron,
los ministros de la guerra,
y por no tener dinero
me llevaron prisionero.”

 

Ángeles Toledano, con una profesionalidad fantástica, dejó a un lado el talante innovador de su extrovertido disco “Sangre sucia” y se recogió en las formas ortodoxas del género.  Tiene un gancho tremendo con esa voz  delicada, doliente y sutil. Como si fuera frágil, pero no: la voz rebuscaba en sus adentros y se hacía fuerte por el lado refinado del sentimiento. Me parecieron momentos muy sofisticados.


Y en eso salió Javier Barón bailando por bulerías, absolutamente desaforado, con una vistosa chaqueta de rayas, pañuelito rojo en el bolsillo y la melena al viento. Muy riguroso en lo todo que hace, desde el clasicismo hasta estos esparcimientos festeros, baila en maestro. Javier fue Premio Nacional de Danza en la modalidad de interpretación en 2008. Su arte viene de la ortodoxia consumada, muy viva y para nada museística. Hacía mucho que no le veía bailar y en esta ocasión tuvo la virtud de permitir a este espectador ver espiritualmente doble. Una visión sorprendente, bastante pop en la que, en la que Javier parecía poseído por el espíritu transgresor  del tótem  Antonio Ruiz Soler, su educador y nuestro mito. A Madrid vino Javier Barón para romper otro espejo.  Y lo hizo con humanísima simpatía y riesgo evidente. Lo disfruté como si yo fuera un viajero romántico. Pasmado y hechizado.

 

3 Epílogo que pudo ser prólogo (no necesariamente breve)

 


 

Nada es eterno, que decía  San Miguel  del Candela.  En la Sala Negra de los Teatros del Canal,  este festival ha tenido una dimensión paralela para la palabra con unas convocatorias bastante jugosas y divertidas. Mesa redonda sobre Niño Ricardo con Alejandro Hurtado, José Manuel Gamboa, Norberto Torres y Humberto Wilkes, octogenario holandés, cargado de chispa y experiencia. El Payo Humberto fue  alumno directo de Manuel Serrapí. El toque de José Acedo y su hijo Joselito ilustraron de maravilla esta charla, que fue moderada por este cura periodista.

 

Volvió al día siguiente Alejandro Hurtado con la guitarra en la mano a la Sala Negra para argumentar con las seis cuerdas tras el relato de Norberto Torres, cargado de datos y estudiosas observaciones.  La guitarra de Hurtado se expresó  certera, penetrante y sabia. Su concierto vivió el “ricardismo” en primera persona, como siempre que escucho a Alejandro, me pareció una locura de asunción de la originalidad de los maestros sin perder la propia. Somos testigos de que la guitarra ubicua de Hurtado es  capaz de vivir tantos tesoros del pasado  siendo ella misma en su presente.   Me gustaría tener una camiseta con el talento de Alejandro Hurtado estampado.

 

A la charla de mi hermano José Manuel Gamboa no pude asistir. Sorry. Pero por la noche hice penitencia leyendo su sensacional último libro “Now or Never”, que va de la familia de Pepe Habichuela con su mujer Amparo Bengala y su hijo Josemi Carmona. Rajan los tres flamencos lo que no estaba escrito. Y flipas. Entre otros asombros,  este tratado de casi 700 páginas está escrito a varias tintas de colores, según quien lleve la voz parlante. Ya están tardando, amigos. Disfruten. 

 


 

 

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