“Al sur del tango”, baleados por las rosas de Martirio y su corso de astronautas


El sur del sur también existe, sobre todo si hablamos del territorio sentimental. El flamenco y la copla son el lugar geométrico de todos los puntos que comprenden una sensibilidad emocional vinculada a un territorio tan real como mítico: el sur. Y en ese campo de poéticas pulsiones resuena el fuelle del tango argentino como un compañero de viaje.

Martirio ha cocinado a fuego lento las esquinas de un ámbito mitológico separado físicamente por el Atlántico y unido en lo más íntimo por las vidas creativas de unos músicos que si los vieras en la primera mitad del siglo XX compartiendo foto llegarías a la misma evidencia: esta gente del tango, el flamenco y la copla parece del mismo barrio. Por decirlo con las palabras de dos grandes poetas tangueros, Le Pera y Battistella, esa gente de las dos orillas tiene  “el alma inquieta de un gorrión sentimental”. El alma inquieta, y  alma en pena también.

Una pieza instrumental saludó la apoteosis de Martirio entrando en el escenario del Teatro La Latina con su elegantísimo  traje verde de Elena Benarroch. Música sin palabras que nos puso la mente y corazón al rojo de la vida que quema: “Libertango” (1974), del inmortal compositor y bandoneonista Astor Piazzolla. Un visionario a  ras del suelo y en las alturas de una impetuosa modernidad. A Piazzolla le volvieron a dar vida en la introducción de “Al sur del tango” los portentosos músicos elegidos por Martirio y su santa mano: el pianista  Jesús Lavilla, el bandoneonista bonaerense Marcelo Mercadante y la violinista barcelonesa Olvido Lanza. Los tres son músicos superdotados, colosales, tizones de una complejidad osmótica y políglota. La voz de Martirio canta desde el corazón global, contiene multitudes.

“Naranjo en flor” (1944) -cumbre de los hermanos Homero y Virgilio Expósito- fue lo primero que paladeó Martirio. “Era más blanda que el agua, que el agua blanda. Era más fresca que el río, naranjo en flor…”, ya saben. Poesía elevadísima con  música rebosante de ternura.

“¿Qué le habrán hecho mis manos?
Qué le habrán hecho
Para dejarme en el pecho
Tanto dolor”

Empezó Martirio con las melancolías del sujeto “acobardado como un pájaro sin luz”.  Dijo dos cosas importantes:

1.  No vamos a hacer tangos machistas.

2.  El tango es el marido de la copla.

Maravillosa y evocadora, Martirio regaló una  viñeta con conciencia de clase.  “El corazón al sur” (1976),   composición de la gran señora y tanguera Eladia Blázquez con todo su amor sureño. Es una declaración de principios.

“Nací en un barrio donde el lujo fue un albur,
Por eso tengo el corazón mirando al sur.
Mi viejo fue una abeja en la colmena,
Las manos limpias, el alma buena...
Y en esa infancia, la templanza me forjó,
Después la vida mil caminos me tendió,
Y supe del magnate y del tahúr,
Por eso tengo el corazón mirando al sur.”

Las manos limpias, el alma buena. No es una utopía. Se canta eso con palabras precisas de clase porque se ha conocido. Martirio explicó que las piezas maestras del tango iban a salir  vertebradas por el compás oculto de la bulería y la soleá por bulería. Puntos de diálogo que el que sabe transmuta en un ente musical a la medida.

Me pareció grandiosa y loca la complejidad del piano de Jesús Lavilla, tan excelso como el mejor pianista de jazz aparcado en la calle vecina. La voz de Martirio encabalgaba una tormenta exquisita. El piano de Lavilla organizaba el fuego principal. El bandoneón de Marcelo Mercadante, ariete maestro del género, mete el fuelle de una modernidad ubicua.  Tenemos la dichosa suerte de que Marcelo viva entre nosotros.  Y el violín de Olvido Lanza entra en ese tapiz de múltiples relieves como con una narrativa de fábula,   dominadora del instrumento entre sedas y campos magnéticos  Ante estos músicos fuera de serie hay que  rendir  el alma en pleno. Ese buen gusto, ese riesgo y esa inspiración son fuerzas desatadas respetando el timón.

La del gorrión sentimental. “Melodía de arrabal” (1933) tiró su luz sobre el mural de Gardel. Martirio interpreta la gardeliana con todo el body and soul. Las manos bailan con mimo, hablan con locuacidad silenciosa. Son las manos mágicas de aquellas divas del cine mudo. Y la mirada: esas gafas negras que miran hacia dentro con los ojos imposibles de Lindsay Kemp. La luz blanca planchando el rostro. Esa cosa del kabuki meridional. Y la voz lagrimeando a la luz de un fanal. 

“Viejo, barrio
Perdoná si al evocarte
Se me pianta un lagrimón
Que al rodar en tu empedrao
Es un beso prolongao
Que te da mi corazón.”


“Un pensamiento triste que se baila”

La crudeza también es poesía. La máxima de Enrique Santos Discépolo no cambia su verdad así pasen cien años. Todos los tangos del repertorio contienen una poética reflexión del universo espiritual que se fija en los detalles y el color local. El compositor Mariano Mores le envió a Discépolo una música que iba hipotéticamente titulada como “Cigarrillos en la oscuridad”. Pero el poeta tardo tres años en concretar  la letra de “Uno” (1943): 

“Uno busca, lleno de esperanzas
El camino que los sueños
Prometieron a sus ansias
Sabe que la lucha es cruel
Y es mucha, pero lucha y se desangra
Por la fe que lo empecina
Uno va arrastrándose entre espinas
En su afán de dar su amor
Sufre y se destroza hasta entender
Que uno se ha quedao sin corazón.”

“El día que me quieras” (1935), de Gardel y Le Pera. Un himno al amor. Gardel lo grabó ese año en Nueva York para la película homónima de John Reinhardt. Y ahí están todos los brillos del tango cosmopolita. Gardel hizo tanto por la difusión del español en todo el mundo que el Instituto Cervantes, con algo de modestia, podría celebrar al Zorzal Criollo aunque fuera en letras chicas.

“El día que me quieras
La rosa que engalana
Se vestirá de fiesta
Con su mejor color 

Y al viento las campanas
Dirán que ya eres mía
Y locas las fontanas
Nos contarán su amor.” 

“Porque vas a venir”, de Carmen Guzmán y Mandy, ya lo grabó Martirio en 2001. Un tango que proclama no estar triste. Le siguió lo que en una   línea contraría  avanzaba el mítico “En esta tarde gris” (1941), de Mariano Mores y José María Contursí: “¡Qué ganas de llorar  en esta tarde gris! En su repiquetear la lluvia habla de ti...”  Y de nuevo la exégesis cervantina para la fábrica de sueños en “Volver” (1935),  brotada para la radio y el cine del talento de Gardel y Le Pera. 

Volver con la frente marchita
Las nieves del tiempo platearon mi sien
Sentir que es un soplo la vida
Que veinte años no es nada
Que febril la mirada, errante en las sombras
Te busca y te nombra
Vivir con el alma aferrada
A un dulce recuerdo
Que lloro otra vez.”
 

El teatro en pleno ya estaba al vapor cuando Martirio se puso a la huella del presente el interrogante tema “¿Cómo sigo?” (2007), de Marcelo Mercadante y Pablo Marchetti. Respuesta:

“Cuando ya no confío
Ni en la muerte, deseo verte,
Mi piel cuando te huele
Se acurruca como en la guerra.
Un trago que se oxida
En tu recuerdo,
La noche, el vendaval
Y el bar que cierra.”

Martirio a la conquista de los neones más íntimos. Astor Piazzolla se lo cocinó todo, letra y música, en su composición “Los pasos perdidos” (1977). Con la poesía deslumbrada del uruguayo Horacio Ferrer, Piazzolla compuso “Chiquilín de Bachín” (1969). Retrato conmovedor de un niño vendiendo flores. En el recuerdo, la versión sobrenatural que hizo Enrique Morente. Martirio se la prende en el ojal tonadillero: 

“Chiquilín,
Dame un ramo de voz,
Así salgo a vender
Mis vergüenzas en flor.
Baleáme con tres rosas
Que duelan a cuenta
Del hambre que no te entendí,
Chiquilín.”

 

El tango estrena modelo poético

Del mismo tándem, Piazzolla y Ferrer, su más célebre “llenapistas”. Fue la cara A del single que tenía por  cara B al niño de las rosas baleadoras. Su título:  “Balada para un loco” (1969). Contiene la más alta poesía del tango renacido, compitiendo -por decir algo que queda cerca-  con el rock psicodélico. Martirio desencadenada.

“Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste?
Salgo de casa por Arenales
Lo de siempre en la calle y en mí
Cuando, de repente, detrás de un árbol se aparece él

Mezcla rara de penúltimo linyera
Y de primer polizonte en el viaje a Venus
Medio melón en la cabeza
Las rayas de la camisa pintadas en la piel
Dos medias suelas clavadas en los pies
Y una banderita de taxi libre levantada en cada mano.”

Eladia Blázquez y Piazzolla preludiaron la caída de un telón invisible con centro de gravedad puesto en una ciudad que es todo un continente. Y si no recuerdo mal sonó la proclama: “Siempre se vuelve a Buenos Aires”

"Yo sé que no es casual, haber nacido aquí
Y ser un poco así, tristón, sentimental,
Ya sé que no es casual que un fuelle, por los dos,
Nos cante el funeral para decir adiós.
Decirte adiós a vos... ya ves, no puede ser
Si siempre y siempre sos una razón para volver.
Siempre se vuelve a Buenos Aires a buscar
Esa manera melancólica de amar,
Lo sabe sólo aquel que tuvo de vivir
Enfermo de nostalgia, casi a punto de morir.”

Con el tango reventando los bolsillos del respetable llegaron los bises. “Los dos puntos del recuerdo se vienen buscando”, escuché con su exaltado pulso flamenco. Fue la antesala de la explosión final: “La bien pagá” (1936), de Mostazo y Perelló. Martirio le hace muy suya, le añade su personal esquina de mujer que toma la palabra y se hace valer.

Bien pagá, sí, yo soy la bien pagá
Porque mis besos cobré
Y a ti yo me supe dar
Por un puñao de parné.

No te engaño, quiero a otro.
No creas por eso
Que te traicioné.
No cayó en mis brazos,
Le di solo un beso,
El único beso
Que yo no cobré.”

 “Al sur del sur”, este espectáculo de Martirio, Lavilla, Lanza y Mercadante pone el tango a toda vela. Los cronicones darán cuenta de su vida imperecedera así pasen cien años. Déjense caer por este espectáculo sublime si tienen la suerte de que llegue a sus barrios. Un ratito de fulgor les curará de malos rollos. Martirio, con el permiso de San Pancracio, tiene un ramo de voz sanadora para cada uno de ustedes.

 

Pedro Calvo, 23 de Mayo de 2026

 

 

 

 

 

 

 

 


 

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